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A veces

  A veces, al mirar por la ventana en las primeras horas del día, me descubro a mí misma recogiendo los retazos del tiempo, intentando atrapar la luz dorada que se derrama en mi escritorio. Hay un temblor suave en el pecho: una suma de nostalgias, de anhelos, de pequeñas certezas ganadas tras tantas batallas internas. Recuerdo que antaño temía la soledad, y ahora la abrazo como aliada. Ella, silenciosa, me ha devuelto la voz y el aplomo. En su compañía he cultivado mi amor propio, aprendiendo a quererme en cada cicatriz y cada sueño roto. Ser mujer, pienso, es aceptar la propia metamorfosis: la piel que cambia, el corazón que insiste y los límites que se redibujan. He amado profundo, a veces con el alma rendida y otras desde una alegría serena, agradecida. En ese amar también me he perdido, sólo para reencontrarme más fuerte; como un árbol que ha doblado su rama para florecer mejor. Aprendí que el presente es un espacio sagrado: aquí acontecen la vida, la escritura, los reencuentro...