Prisioneros del pasado
Habitamos un tiempo que no nos pertenece. No es ayer, aunque huele a ceniza de instantes vividos. No es presente, aunque respire en la tibieza de la sangre. Es un umbral suspendido donde tu nombre y el mío se pronuncian solos, como si fueran invocados por una fuerza más antigua que nosotros. Allí seguimos. Atados no por cadenas visibles, sino por hilos de luz que nadie podría romper sin deshacerse. Hilos tejidos en la noche donde nuestras almas se reconocieron más allá de la carne, más allá del destino. Porque lo nuestro no fue encuentro: fue memoria. Y la memoria no libera. Se instala como un templo secreto en el pecho, donde arden, intactas, las velas de lo que fuimos. Donde cada latido repite tu eco, y cada silencio se llena de tu forma invisible. No hay olvido posible cuando el amor se ha vuelto esencia. Somos custodios de ese fuego. Lo llevamos como se lleva una herida sagrada: sin querer cerrarla, sin permitir que sane. Porque en su dolor habita lo eterno. Porque en su ausen...