Para encender toda una vida
Durante años, ella creyó que el amor era aquello que se compartía con paciencia y costumbre. Su matrimonio había resistido silencios, rutinas y una afectuosa cordialidad. No era infeliz, pero tampoco sabía cuándo había dejado de sentirse viva. Una tarde cualquiera, mientras buscaba un poema para leer en la biblioteca, encontró un verso escrito en el margen de un libro viejo: “Hay almas que se rozan sin tocarse y se incendian sin verse.” No tenía firma. Intrigada, volvió días después; y en la misma página apareció una nueva línea, como si alguien le respondiera en silencio. Así comenzó un diálogo sin voz, tejido con fragmentos de poemas antiguos y pensamientos robados al corazón. No sabía quién era él, pero cada palabra dejada entre las páginas le abría un rincón de sí misma que creía perdido. Las citas secretas en la biblioteca se volvieron su ritual. Tantísima pasión cabía en aquel intercambio invisible que el mundo parecía diferente: los ruid...