Las huellas de lo infinito
Hay noches en que la vela no alumbra un cuarto, sino un destino entero. La llama respira sobre la mesa como un corazón diminuto, y en su latido dorado se abre una grieta por donde asoma lo invisible. No es sólo fuego: es una memoria remota que despierta, una llama de luz que pronuncia lo que el tiempo ha guardado en silencio. Frente al cuaderno abierto, el instante se recoge sobre sí mismo, como si todos los siglos se inclinaran para escuchar lo que aún no ha sido dicho. Afuera, la luna vela la vigilia. Derrama su claridad sobre los cristales y convierte la noche en un santuario callado. Bajo esa mirada blanca, el poeta permanece despierto cual criatura de sombra y de asombro, conversando con la penumbra hasta que la oscuridad comienza a arder por dentro. Porque hay diálogos que sólo la noche comprende: palabras que nacen cuando el mundo se retira y deja a solas el pulso del alma con su misterio. En el silencio se afinan los oídos del espíritu. Cada crujido de la casa trae una sí...