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Mostrando entradas de marzo, 2026

Tu silencio nos separa y duele mucho

Se alza entre nosotros como un muro invisible, hecho de ausencias, de palabras que no llegan, de miradas que se quedan esperando en la orilla del alma. Y en ese vacío, donde antes habitaba tu voz, ahora solo florece la distancia. Te busco en el ocaso de la tarde, en el eco de los recuerdos, en la tibia herida de lo que fuimos. Pero tu silencio, inmenso y frío, va apagando los paisajes que habitamos juntos. Ya no sé si te alejas por cansancio, por temor o por esa tristeza que a veces vuelve el sendero una puerta cerrada. Duele porque te siento cerca en la memoria y lejos en la realidad. Duele porque el amor, cuando no encuentra respuesta, se vuelve sombra. Y aún así, permanezco aquí, escuchando el latido de lo que no dices, sosteniendo la esperanza frágil de que una sola palabra tuya pueda devolverle la primavera a este invierno. Porque hay silencios que descansan, y hay silencios que hieren. El tuyo, amor mío, me deja el corazón de pie frente a la intemperie. Y aunque trato de entender...

Prisioneros del pasado

 Habitamos un tiempo que no nos pertenece. No es ayer, aunque huele a ceniza de instantes vividos. No es presente, aunque respire en la tibieza de la sangre. Es un umbral suspendido donde tu nombre y el mío se pronuncian solos, como si fueran invocados por una fuerza más antigua que nosotros. Allí seguimos. Atados no por cadenas visibles, sino por hilos de luz que nadie podría romper sin deshacerse. Hilos tejidos en la noche donde nuestras almas se reconocieron más allá de la carne, más allá del destino. Porque lo nuestro no fue encuentro: fue memoria. Y la memoria no libera. Se instala como un templo secreto en el pecho, donde arden, intactas, las velas de lo que fuimos. Donde cada latido repite tu eco, y cada silencio se llena de tu forma invisible. No hay olvido posible cuando el amor se ha vuelto esencia. Somos custodios de ese fuego. Lo llevamos como se lleva una herida sagrada: sin querer cerrarla, sin permitir que sane. Porque en su dolor habita lo eterno. Porque en su ausen...

Las huellas de lo infinito

  Hay noches en que la vela no alumbra un cuarto, sino un destino entero. La llama respira sobre la mesa como un corazón diminuto, y en su latido dorado se abre una grieta por donde asoma lo invisible. No es sólo fuego: es una memoria remota que despierta, una llama de luz que pronuncia lo que el tiempo ha guardado en silencio. Frente al cuaderno abierto, el instante se recoge sobre sí mismo, como si todos los siglos se inclinaran para escuchar lo que aún no ha sido dicho. Afuera, la luna vela la vigilia. Derrama su claridad sobre los cristales y convierte la noche en un santuario callado. Bajo esa mirada blanca, el poeta permanece despierto cual criatura de sombra y de asombro, conversando con la penumbra hasta que la oscuridad comienza a arder por dentro. Porque hay diálogos que sólo la noche comprende: palabras que nacen cuando el mundo se retira y deja a solas el pulso del alma con su misterio. En el silencio se afinan los oídos del espíritu. Cada crujido de la casa trae una sí...