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Con la fragilidad de un suspiro

  Dicen que los sueños nacen donde la realidad se sienta a descansar. En ese territorio suspendido entre la vigilia y el deseo, donde las sombras bailan con la esperanza, los sueños se abren como alas invisibles. No tienen forma ni frontera, pero sostienen mundos enteros con la fragilidad de un suspiro. Cada sueño lleva dentro una chispa antigua, una semilla que conoce el idioma del alma. A veces florece en silencio, sin pedir permiso, y otras veces ruge como tormenta, recordando que el mañana se construye con las manos del que se atreve a imaginarlo. Hay quienes los olvidan al despertar, y quienes los guardan como mapas secretos, sabiendo que allí, en su misterio, vibra el pulso de la creación. Porque soñar no es escapar: es pronunciar el deseo de existir más allá de los límites, es tender puentes sobre los abismos del miedo. Un solo sueño puede encender al mundo. Puede volver ligera la tristeza, despeinar las sombras, devolver color al horizonte. Los sueños, cuando se creen de ve...