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Tras el brillo del diamante

 Decían que un diamante era la lágrima petrificada de una estrella, un destello que olvidó regresar al cielo. En los dedos del hombre resplandecía como una promesa, pero en el silencio del tiempo escondía una historia que sólo las almas antiguas sabían descifrar. Fue tallado en las entrañas de la noche, donde la oscuridad aún recordaba sueños minerales. Cada faceta era un eco de lo que alguna vez fue: una chispa viva que quiso amar a la claridad y terminó cautiva entre las sombras. Allí nació su fulgor: no de pureza, sino de fractura, del pulso que sobrevive a la presión del abismo. Al mirarlo, algunos veían fortuna; otros, la perfección. Pero quien miraba con los ojos del alma hallaba un abismo luminoso, un espejo de sus anhelos y heridas. Porque el diamante, decían los sabios de la luna, nunca brilla por sí mismo. Devuelve la luz que lo toca, la transforma, la hiere, la bendice y la entrega distinta. Bajo su fulgor se ocultan verdades de fuego: promesas rotas, memorias sepultadas...