Prisioneros del pasado

 Habitamos un tiempo que no nos pertenece.

No es ayer, aunque huele a ceniza de instantes vividos. No es presente, aunque respire en la tibieza de la sangre. Es un umbral suspendido donde tu nombre y el mío se pronuncian solos, como si fueran invocados por una fuerza más antigua que nosotros.

Allí seguimos.

Atados no por cadenas visibles, sino por hilos de luz que nadie podría romper sin deshacerse. Hilos tejidos en la noche donde nuestras almas se reconocieron más allá de la carne, más allá del destino. Porque lo nuestro no fue encuentro: fue memoria.

Y la memoria no libera.

Se instala como un templo secreto en el pecho, donde arden, intactas, las velas de lo que fuimos. Donde cada latido repite tu eco, y cada silencio se llena de tu forma invisible. No hay olvido posible cuando el amor se ha vuelto esencia.

Somos custodios de ese fuego.

Lo llevamos como se lleva una herida sagrada: sin querer cerrarla, sin permitir que sane. Porque en su dolor habita lo eterno. Porque en su ausencia florece lo infinito. Y así, sin darnos cuenta, elegimos quedarnos en este exilio de luz, donde amarte es no tenerte, pero tampoco perderte.

Prisioneros, sí.

De un amor que no terminó, porque nunca fue del tiempo.

De un amor que no nos deja ir, porque en él… ya nos hemos trascendido.


Epílogo


Y si alguna vez la eternidad se cansa de pronunciarnos,

si el universo decide cerrar el libro donde fuimos escritos,

quedará aún, más allá de toda ausencia,

una gota suspendida en la memoria del infinito.

Allí, en ese mínimo destello sin nombre,

volveremos a ser.

No como antes, no como ahora,

sino como aquello que nunca pudo romperse:

luz reconociendo su propia luz,

amor recordándose en su forma más pura.

Y entonces, tal vez,

ya no seremos prisioneros…

sino eternidad habitándose a sí misma.




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