Para encender toda una vida
Durante años, ella creyó que el amor era aquello que se compartía con paciencia y costumbre. Su matrimonio había resistido silencios, rutinas y una afectuosa cordialidad. No era infeliz, pero tampoco sabía cuándo había dejado de sentirse viva.
Una tarde cualquiera, mientras buscaba un poema para leer en la biblioteca, encontró un verso escrito en el margen de un libro viejo: “Hay almas que se rozan sin tocarse y se incendian sin verse.” No tenía firma. Intrigada, volvió días después; y en la misma página apareció una nueva línea, como si alguien le respondiera en silencio.
Así comenzó un diálogo sin voz, tejido con fragmentos de poemas antiguos y pensamientos robados al corazón. No sabía quién era él, pero cada palabra dejada entre las páginas le abría un rincón de sí misma que creía perdido.
Las citas secretas en la biblioteca se volvieron su ritual. Tantísima pasión cabía en aquel intercambio invisible que el mundo parecía diferente: los ruidos eran más claros, los días más intensos. Por primera vez en años, se sintió viva, amada, despierta.
Cuando finalmente encontró una dirección entre las letras, no buscó al autor. Comprendió que no importaba. El amor había llegado donde ya no esperaba sentir y eso bastaba para cambiar su vida para siempre.
El tiempo siguió su curso, implacable y tierno a la vez. Sus cabellos se volvieron plata, sus pasos más lentos, pero en cada amanecer llevaba la huella de aquella voz que nunca vio. Comprendió que el amor no siempre se busca, a veces solo se encuentra, como una brisa en la tarde o una palabra que llega al alma sin nombre.Y en sus últimos años, cuando la vida parecía apagarse con suavidad, aún recitaba para sí los versos de aquel diálogo sin rostro:
“Porque el amor no se mide en tiempo ni en encuentro, sino en la dulzura con que hace latir lo que creíamos dormido.”
Así entendió que el amor verdadero no conoce edad ni final, que a veces florece en el ocaso y es suficiente una sola chispa para encender toda una vida.
Bajo el polvo sutil de los inviernos viejos,
halló en un verso ajeno voz y abrigo;
no fue el amor temprano, fue el amigo
del alma que despierta entre reflejos.
No hubo promesas, ni el soplo del desvelo,
ni prisa, ni verdad, solo la espera
de un corazón pendiente a su quimera:
¡Buscando aún el cenit del anhelo!
Que amar no es retener, sino ofrecer,
no es juventud, sino volver a arder,
sin miedo al tiempo, al fin, ni a la demora.
Y comprendió, serena, en su jornada,
que el amor no se acaba, solo aguarda,
y a veces llega tarde… cuando aflora.
Oh vida, ocaso cenital, luz de mi aurora,
bendito el corazón que se enamora.
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