A orillas del crepúsculo
A orillas del crepúsculo, cuando el sol desgarra nubes purpúreas sobre las aguas, una lámpara antigua pulsa su latido de ámbar en la penumbra. Toda la escena respira como un viejo poema susurrado por el viento: la madera, plena de historias, es columna de un templo invisible donde trepan rosas como llamas vivas, sangrando perfume. Cada pétalo es la promesa de un amor que resiste la marea y la sombra, vertiendo su rojo sobre la arena entibiada por palabras no leídas.
El mar, eterno confidente, murmura en sus venas de luz el secreto de una carta abandonada. Sus líneas tiemblan bajo el vuelo de mariposas, oráculos diminutos, que posan sus alas sobre los versos y los desnudan de soledad. La brisa, febril y salobre, arrulla la escena con ecos de ausencias y reencuentros.
Al fondo, la torre del faro, centinela del horizonte, observa con su ojo dorado el tránsito de la noche hacia el misterio. Las casonas, apenas encendidas, son promesas de abrigo y esperanza remota. Sin embargo, es en la playa donde todo converge: refugio de huellas efímeras, de confesiones lanzadas al viento, de juramentos flotando entre espuma y hojas de papel garabateadas por sueños.
La lámpara no solo alumbra; es estrella terrestre, fábula en carne de hierro, guiando a los amantes extraviados del tiempo. Las rosas no solo adornan; son cicatrices rojas en la piel de la tarde, testigos mudos de los besos retenidos, las despedidas robadas bajo la complicidad de la brisa marina.
Así, la carta olvidada bajo el resplandor tembloroso no es simple papel, sino puente hacia el alma: cada palabra revive en la búsqueda del otro, cada verso es una antorcha al corazón que late, paciente, más allá de la marea y del olvido. El amor, sutil, resistente, ardiente como rosa encendida y etéreo como el vuelo de las mariposas, encuentra aquí su altar, donde el atardecer y el océano conspiran para guardar, en silencio y fulgor, el secreto de lo inmortal.
Cuando arde el sol tras nubes temblorosas,
mi voz se enciende en lámpara encendida;
la orilla es pulso, arteria, despedida,
un eco azul de almas amorosas.
La brisa arrulla cartas silenciosas,
cielos de sal perfuman la estampida;
las rosas sangran, júbilo y herida,
templos de amor con ruinas luminosas.
El mar confiesa su secreto al viento,
guía la cal del beso y su tormento,
mientras la noche trasciende con lo egregio.
Y el faro, en su vigilia palpitante,
guarda el amor, su llama y su diamante,
en la penumbra azul del sortilegio.
¡Romanza del arpegio!
Porque amar, en las costas del vacío,
es darle a Dios del alma su rocío.
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