Donde el amor persiste


Al caer la tarde, cuando el sol desciende y pinta el mar con sus últimos reflejos dorados, él se sienta sobre las rocas y extiende los versos en su regazo. Sabe que la distancia es como esa marea: insuperable, pero recurrente, llevándole y trayéndole ecos de su amada. Abre el libro donde juntos escribieron promesas y sueños antes de que la vida los separara; cada hoja suelta es un latido que viaja entre olas y suspiros.

Ella surge del horizonte como una silueta de luz, recortada en la brisa y el agua, intacta en el recuerdo y en la esperanza. No está físicamente a su lado, pero su presencia envuelve cada página, cada palabra. La ve, como sólo se ve a quien se ama claramente en la ausencia: envuelta en esa distancia infinita, transformada por el deseo y la fe, flotando sobre la mar que alguna vez ambos contemplaron y en la que ahora se buscan.

El viento murmura las sílabas de su nombre, y el poeta reflexivo, con voz quedamente rota, declama al viento:


Aunque la distancia duela y el mar no se termine,

vuelves envuelta en marea, luz de mi pensamiento.

Amar es ser isla, pero también puente

bajo cielos de ausencia, entre páginas y vendavales.

No hay océano que ahogue lo que el alma presiente:

Eres mi esperanza azul, mi eterno firmamento.


Al abrir los ojos, una paz serena lo envuelve. Guarda el último verso sobre las rocas; sabe que mientras haya palabras, habrá un lugar donde el amor persista.

El mar responde con sus olas; él siente que cada palabra lanzada al aire viaja hacia ella, como si la poesía tejiera puentes invisibles más fuertes que la propia realidad. Ella sonríe, desde el umbral imposible; y él sabe que aunque los separen océanos, cada tarde se unen en ese rincón donde el corazón y la poesía desafían las distancias.



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