El eco del verso
Durante años, Lucía escribió poemas sin pensar demasiado en ellos. Nacían como un impulso, como quien exhala una emoción para poder seguir respirando. Los guardaba en cuadernos viejos, entre facturas, hojas secas y promesas no cumplidas. Su vida pasaba entre rutinas grises, cafés apurados y un silencio que pesaba más que cualquier palabra.
Una noche, mientras ordenaba su antiguo escritorio, cayó al suelo un cuaderno azul cubierto de polvo. Lo abrió y comenzó a leer sus poemas de juventud. Las palabras la golpearon como un espejo que, en vez de reflejar su rostro, mostraba su alma olvidada. En cada verso reconoció una voz que siempre había sido suya, pero que el tiempo había acallado: la voz que soñaba, la que creía, la que amaba sin miedo.
Lucía comprendió, temblando, que en cada poema se había ido dejando pistas para encontrarse: el atardecer que describía no era un paisaje, sino un deseo de cambio; el río que corría bajo la luna era su llamada hacia la libertad.
Esa noche volvió a escribir, pero ya no para llenar papeles. Escribió para reconocerse. Escribió para decirse “aquí estoy”, y al hacerlo, algo en su interior floreció. Al amanecer, la poetisa se sintió ligera, como si sus versos, escritos a lo largo de los años, hubieran estado esperando precisamente ese momento: el de devolverle la vida que ella misma había escrito sin saberlo.
Desde entonces, Lucía ya no huye del silencio. Lo escucha. Porque sabe que en él comienza el próximo poema, y en cada palabra que nace, vuelve a encontrarse.
Epílogo
Lucía ya no necesita buscarse en ningún rincón ajeno, pues ahora comprende que la poesía no era huida, sino regreso. Sus noches de insomnio dejaron de ser territorios de pérdida y se han convertido en campos fértiles donde crecen nuevas palabras. Cada vez que lee sus antiguos versos, sonríe: sabe que fue esa voz, aguardando ser escuchada, la que la condujo a su verdadero hogar.
Ahora los cuadernos no son tumbas de secretos, sino germen de posibilidades. Lucía anda ligera por la vida, reconociendo en los pequeños gestos cotidianos la belleza que antes solo se atrevía a nombrar en papel. Observa el mundo sabiendo que, al encontrar(se) en sus propias palabras, inició un viaje sin final hacia sí misma: transformar su vida fue solo el primer poema de muchos por venir.
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