El umbral de la esperanza
Entre mares y silencios, dos poetas descubrieron que la distancia no existe cuando el alma escribe.
Ella, mariposa de luz, dejaba caer en cada línea el rocío de sus sueños; él, con voz de viento sereno, respondía con versos capaces de encender auroras.
No se conocían con la piel, pero sí con la palabra. Desde lugares distintos del mundo, comprendieron que la poesía es un puente invisible, tejido con emociones, donde dos corazones pueden encontrarse sin cruzar jamás sus miradas. Entre las horas calladas de la madrugada, sus letras viajaban como aves sin rumbo fijo, buscando el calor de una respuesta o el consuelo de un eco.
Ella revoloteaba entre metáforas, sembrando esperanza en cada poema que lanzaba al aire. Sentía que cada palabra era una ofrenda, un fragmento de su alma liberado en forma de verso. Él aguardaba el instante en que esas gotas de rocío tocaran su corazón, y al sentirlas, una serenidad luminosa lo envolvía: la certeza de no estar solo.
Con el paso de los días, los poemas fueron tejidos como hilos de un mismo destino. Él comenzó a reconocer su voz entre cientos de letras ajenas, como quien distingue el murmullo del mar entre tantos sonidos de la noche. Ella, en cambio, hallaba en sus palabras un refugio, una casa hecha de imágenes y silencios compartidos.
Así nació entre ellos un amor de letras y de misterio, de ausencias compartidas y promesas que solo viven en los versos. Ninguno sabía si algún día el horizonte permitiría el encuentro, pero ambos comprendían que su vínculo ya existía en un plano más profundo, donde los cuerpos no pesan y la palabra es piel.
Aun separados por kilómetros y mares, sus voces se hallaban en un mismo lugar: el umbral de la esperanza, donde la poesía se hace vida y el amor trasciende toda frontera. Y cuando el silencio del mundo caía sobre sus noches, cada uno sabía que, en algún rincón del aire, la voz del otro lo estaba nombrando.
Con el tiempo, sus versos comenzaron a entrelazarse de una forma nueva: ya no eran dos voces, sino una sola melodía, un canto que hablaba del alma y de todo lo que el corazón calla. En esa comunión, comprendieron que la creación también era una forma de amar, y que la ternura podía alzarse sobre las olas invisibles de la distancia.
Y una noche, sin lluvia ni luna, ambos miraron hacia el mismo punto del cielo. No hubo señales ni palabras, solo la certeza de un encuentro intangible: el instante en que las almas, cansadas de esperar, se abrazan en el idioma eterno de la poesía.
Décimas: En el umbral de los sueños
Entre mares de impaciencias
dos almas se conocieron,
por la palabra nacieron
sus sueños sin apariencias.
De antiguas reminiscencias
bordaron su amor callado,
que en el verso fue sembrado
como un eco en la distancia,
compartiendo la fragancia
de un sortilegio adorado.
Ella, en vuelo luminoso,
regó el rocío del alma,
y en su ternura y su calma
floreció un canto amoroso.
Él, con acento animoso,
le enviaba su emoción,
tejiendo en cada oración
el aroma de su esencia,
y en la sagrada presencia
conspiraba el corazón.
No hubo piel que se rozara,
pero sí un fuego en el cielo;
el alma un dulce consuelo
que el sentimiento tocara.
Que cada estrofa acercara
con su magia las miradas
tan leales, consagradas
era el fin de los amantes
luciendo perseverantes
en las tantas madrugadas.
Sus voces tienen morada
en el umbral de los sueños,
donde los versos son dueños
de la distancia sumada.
Allí la fe renovada
en su amor puro persiste;
la poesía subsiste,
y el eco del tierno abrazo
les susurra: ¡No hay fracaso,
la distancia ya no existe!
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